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Mi vida ya no es absurda
Testimonio de Wakako, Japón y Alemania
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| Estatua de la Señora
de todos los Pueblos en Akita, Japón |
Siendo niña me angustiaba una pregunta: “¿La
vida tiene sentido o no?” Me preguntaba siempre: “¿Pero por
qué he nacido? ¿Por qué vivo?”
En mis años de instituto me puse a profundizar la fe budista. Pero tampoco
en ella encontré una respuesta a mis preguntas sobre el sentido de la
vida. Concluía pensando: “No existe la verdad en este mundo.”
Cuando tenía 21 años conocí a mi marido en Tokio. El es
alemán. Como se pueden imaginar, yo era muy felíz y enamorada.
Nos casamos y vivíamos en el Japón pagano. Tuve a mi primera hija,
una niña. La vida continuaba y la antigua cuestión que sempre
me atormentaba se me presentó más fuerte: “¿Pero
qué sentido tiene mi vita?”
Mi conversión a la Fe católica
Un día, una vecina mía me ofreció
un libro escrito por un sacerdote católico. No conociendo la Fe católica,
lo rehusaba, pero luego, por curiosidad, lo tome en la mano y me puse a leerlo.
El libro se titulaba “La Virgen en Akita”. Era un libro lleno de
cosas extrañas. Por ejemplo, hablaba de una estatua de madera que había
llorado lágrimas 101 veces. A medida que lo leía, lo encontraba
cada vez más interesante. Finalmente empezaba a reflexionar: “Si
todo lo que dice este libro fuera verdad, entonces la verdad, de cuya existencia
dudaba, debería hallarse en la Fe católica. ¿Pero entonces
existe un Dios verdadero?”
Quería saber más acerca de la Fe católica. Leí muchos
libros y fui varias veces con mi hijita al santuario japonés de Akita.
Y hoy puedo decir que la Virgen de Akita me ha llevado a Jesús, porque
tras dos años de preparación al Bautismo me hice católica,
hace diecisiete años.
En 1990, hace trece años, nos fuimos a vivir a Alemania por motivo de
los estudios de nuestros dos hijos. Un idioma extraño, una cultura extraña,
un ambiente extraño. ¡Todo eso era demasiado para mí! ¡No
tenía ya ganas de vivir!
Mi fe disminuía continuamente. Los domingos seguía yendo a Misa,
pero cada vez más raramente comulgaba. No sentía arrepentimiento
de mis pecados y por consiguiente ya no iba a confesarme. Una frase de la Sagrada
Escritura, “porque eres tibio, o sea, no eres ni caliente ni frío,
estoy a punto de vomitarte de mi boca” (Apoc. 3,16), me angustiaba continuamente.
En esos años me ha salvado una sola cosa: ¡el Rosario! Todos los
días rezaba el Rosario. Pero como no sabía rezar sinceramente,
dije: “Madre de Dios, como yo no sé orar de corazón, te
doy por lo menos el tiempo de la oración”.
Y la Santísima Virgen escuchó esta débil oración.
Era el Miércoles de Ceniza, hace seis años. Estaba rezando ante
la estatua de la Stma. Virgen que tengo, y le decía: “¡Ya
no puedo más! ¡Ayúdame!” Como movida interiormente
por Ella busqué “El libro de oro” de S. Luis María
Grignion de Montfort, que algunos años atrás había tenido
una vez en mis manos. Así que lo leí desde la primera página
hasta la última.
Parecía que cada palabra me la decía a mí y me parecía
que mi corazón helado empezaba a licuarse y por primera vez, después
de tanto tiempo, lograba arrepentirme.
S. Luis María Grignion de Montfort recomienda en su libro la consagración
a la Stma. Virgen, para la cual hay que prepararse con 33 días de ejercicios
espirituales. Me decidí a hacer esta consagración el día
de Pentecostés. Y decidí así mismo confesar todos mis pecados,
incluso los anteriores a mi Bautismo. Poco tiempo después tuve ocasión
de hacerlo en Japón, con un extraordinario misionero y sacerdote del
Foyer de Charité.
En esa confesión percibí profundamente, no con la cabeza sino
con el corazón, el amor personal con que Jesús me ama. Llena de
asombro, me daba cuenta de la Misericordia infinita de Dios conmigo, a pesar
de mi ingratitud, de mis pecados y de mi infidelidad.
Movida por esta gracia, fui a Akita, para hacer allí mi consagración
a la Stma. Virgen.
El encuentro con la Madre de todos los Pueblos, de
Amsterdam.
En otoño de ese mismo año (1997) en un
periódico católico ví una imagen de colores de la
Virgen de Akita: la Stma. Virgen estaba de pie sobre el globo de la tierra con
las manos abiertas. Me quedé asombrada a ver a “mi” Virgen
de Akita en pintura, no como estatua. Como todavía no hablaba en alemán,
me puse a traducir el texto del periódico palabra por palabra, con un
diccionario en la mano. Era mi primer encuentro con la Señora de todos
los Pueblos, de Amsterdam.
¡Pero qué sorpresa! Me enteré entonces que la estatua de
la Virgen de Akita (que lloraba) había sido realizada fielmente conforme
al cuadro de la Madre de todos los Pueblos, de Amsterdam. ¡Por lo tanto,
Akita y Amsterdam están relacionadas!
Mi camino hacia la “Acción mundial”
Al volver a Alemania, una persona que conocía
de la parroquia me invitó a ir con ella en peregrinación a Amsterdam.
De ese modo he tomado parte en 1998 a la Segunda Jornada Internacional de Oración.
Llena de agradecimiento, quería hacer algo por la Virgen y me decidí
a colaborar en la Acción mundial, haciendo que se conozca la imagen
en mi patria. Mi marido en un viaje de negocios llevó a Japón
un día un poster de la Madre de todos los Pueblos; y así es como
la imagen empezó a circular entre los jóvenes católicos.
Como la Stma. Virgen ha anunciado en sus mensajes, esta Acción encuentra
a menudo grandes obstáculos. Pero aún más grande y de una
forma a menudo totalmente inesperada, siento la ayuda de la Señora de
todos los Pueblos. Ella prepara todo, se encarga de todo lo que necesito, organiza
también el encuentro con las personas convenientes.
Mi gratitud a la Madre de todos los Pueblos.
Desde que colaboro en la “Acción mundial”
he recibido tanto, incluso en mi vida privada. Trabajando para la Señora
de todos los Pueblos he conocido personas maravillosas en Japón, en Alemania
y también aquí, en Amsterdam.
Y al contrario de antes, hoy mi salud va muy bien. Todos los días me
es posible ir a la Santa Misa. Antes estaba sempre enfermiza. Pero, sobre todo,
en mi vida ya no existe esa sensación de que todo es inutil (del absurdo).
Sé muy bien que he recibido la vida para vivirla para Dios.
¡Te doy las gracias, Madre y Señora de todos los Pueblos, que has
llegado a ser mi verdadera Madre! ¡Tú eres la Madre de todos nosotros!
¡Démosle gracias juntos!
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