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Testimonio de Thien Thuy de Vietnam / Australia - Detalles
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“Durante las persecuciones en Vietnam, la oración imprimió un sello en la vida de mi familia”

Testimonio de Thien Thuy de Vietnam,
hermana del Cardenal Francisco Javier Nguyen Van Thuân († 2002)

Sábado 29 de mayo de 2004

P. Paul Maria Sigl presenta a Thien Thuy, del Vietnam:
Thien Thuy es del Vietnam, pero durante la guerra pudo huir y actualmente vive en Australia. Ha venido (expresamente) de aquel continente también para darle las gracias a la Stma. Virgen por todo el amparo y las gracias que le ha dado durante toda su vida.
Hoy día Thien trabaja como asistente social y ayuda a los refugiados e inmigrantes del mundo entero que llegan a Australia en busca de una nueva patria. “Yo misma he sufrido todo lo que hoy sufren ellos”, nos ha dicho Thien, “la pérdida de la propia identidad, de familiares y amigos y de la patria, formas de vida nueva y un idioma extraño”. Sí, si pensamos que ella misma ha vivido el drama de ser una refugiada, entonces es fácil imaginarse con qué delicadeza trate con personas que a su vez llegan de Argentina, de China, de Chile, de Iran y de Irak, de Bosnia, de Bangladesh o de Africa. A menudo acompaña algunos de ellos en coche, haciéndoles escuchar el casete con el Rosario de la Divina Misericordia. A veces pasa que eso le da ocasión de tener con ellos una buena conversación y no es raro que las personas acepten el consejo de Thien: “En tu necesidad dí a menudo: ‘¡Jesús, en Tí confío’!”
Sucede que incluso ateos o gente con otra fe muchas veces le dicen: “¡Thien, pide a tu Dios por mí!” Después vuelven y cuentan: “Thien, tu Dios me ha ayudado. ¡Dale las gracias de mi parte!”

Hoy Thien nos va a hablar de su familia y también de su hermano, el Cardenal Francisco Javier Nguyên Van Thuân (fallecido en el 2002, Prefecto emérito de la Pontificia Comisión por Justicia y la Paz), que por motivo de su fe pasó 13 años en cárcel en Vietnam, ¡nueve de los cuales en aislamiento! El Santo Padre lo llamó un mensajero heroico del Evangelio, por lo cual quiso presidir personalmente la Misa de funeral de este hombre santo, para manifestar su personal estima y su amor al Cardenal Van Thuân, de quien ha dicho:

“Su secreto era una indomabile confianza en Dios, alimentada por la oración y el sufrimiento… En sus últimos días, cuando ya no podía hablar, permanecía con la mirada fija en el Crucifijo que tenía delante. Rezaba en silencio, mientras consumía su último sacrificio como coronación de una vida marcada por una heroica conformación a Cristo en la Cruz. … (Su) testamento termina con una triple recomandación: ‘Amad a la Virgen Santa y tened confianza en San José, sed fieles a la Iglesia, permaneced unidos y sed caritativos para con todos’. Aquí está el resumen de toda su vida”.

¡Creo que todos nosotros también queremos empeñarnos para que sea canonizado este gran príncipe de la Iglesia de nuestro tiempo, porque estoy convencido de que se lo merece! Ha dado testimonio con su vida, que ha sido un martirio, la púrpura cardenalicia.

Me llamo Thuy Tien y nací en Hue, en el centro de Vietnam. Éramos diez hijos en casa, cinco mujeres y cinco hombres. Mis padres eran profundamente creyentes y ambos provenían de familias que por muchas décadas habían experimentado personalmente la persecución de cristianos en Vietnam. Cuando éramos niños, escuchábamos sobre el coraje que habían tenido nuestros familiares al estar listos para entregar sus vidas a Dios por su Fe.

Mi hermano Van Thuân, quien luego fue Cardenal, siempre desde niño decía que quería morir algún día como mártir. Estábamos acostumbrados a rezar con nuestros padres desde una muy tierna edad. Esa era una situación común en nuestras vidas. Recuerdo muy bien cómo cada noche toda nuestra familia se reunía en la capilla de nuestra hermosa casa para rezar agradeciendo a Dios y decirle buenas noches. Mi madre me contó luego que me tenía que despertar porque cuando tenía seis o siete años, a menudo me quedaba dormida mientras rezaba. Sí, como niña pequeña me parecía demasiado rezar un Rosario completo, letanías, el Memorare, y luego la oración a nuestros ángeles de la guarda cada noche antes de ira dormir. Pero mis padres siempre respondían: “Dios nos da 24 horas al día. ¡Si con las justas le dedicamos una hora, entonces en realidad no es demasiado!”

Mi hermano, el Cardenal Van Thuân

Mi hermano Van Thuân (foto opuesta), bautizado como Francisco Javier (fallecido en el 2002, Prefecto emérito de la Pontificia Comisión por Justicia y la Paz), se ordenó sacerdote a pesar del a persecución y desde 1967 hacia adelante trabajó fructíferamente durante ocho años como obispo de la diócesis de Hna Trang. En 1975, fue nombrado Obispo de la capital Saigón donde, poco después de su llegada, fue encarcelado.
Estuvo en prisión debido a su Fe por casi 14 años, 9 de los cuales fueron en aislamiento. Durante cinco años ni siquiera supimos si estaba vivo o no. Pero en casa rezábamos cada día por él, especialmente mi madre. Ella lo tranquilizaba a mi padre, diciéndole: “¿No fuimos nosotros quienes lo entregamos a Dios? ¡Entonces Él lo cuidará!” El Santo Padre lo nombró “heroico heraldo del Evangelio de Cristo”.
Van Thuân nos contó sus experiencias en aquellos años de sufrimiento. Siempre fue conocido por conservar la misma calma y una gran confianza en Dios. Nunca lo vi en pánico o asustado. Durante los tiempos de guerra y persecución, nosotros como niños recibíamos todo eso en casa como un regalo de nuestra madre para que no perdamos la calma incluso si lo perdíamos todo. Mis padres siempre decían: “Dios todo lo ve y todo lo sabe. Nos ama y por eso todo lo que Él permite es siempre lo mejor para nosotros. Si nos envía sufrimiento, no significa que nos haya abandonado, ¡no! A través del sufrimiento nos ayuda a ser más fuertes.”
En situaciones difíciles. Mi hermano decía: “Todos somos refugiados en esta tierra. Nuestro hogar eterno está solamente con nuestro Padre amado en el Cielo”.

Dios recompensa nuestra confianza

Cuando escapé con mi hija en 1975, experimentamos en carne propia la ayuda de Nuestra Señora. Cuando llegué a Singapur, no sabía qué hacer. En primer lugar rezamos el Memorare que habíamos aprendido de niños. En momentos difíciles, mi madre repetía esta oración constantemente, mientras cocinaba y mientras hacía cualquier otra cosa. A menudo decía: “Nuestra Señora tiene que oírnos, porque rezamos, ‘jamás se ha oído decir, que ninguno de los que han acudido a tu protección, implorado tu asistencia y reclamado tu socorro, haya sido abandonado de ti’.”
En efecto, recibimos un avisa para ingresar a Australia, aunque tuvimos que dejar a mi esposo en el caos de Saigón. A través de la maravillosa providencia, pudo escapar por barco a Corea. Ella nos ayudó entonces a empezar una nueva vida.

La Señora de todos los Pueblos en mi vida

Fue en Australia donde por primera vez escuché sobre la Señora de todos los Pueblos. Comprendí inmediatamente que si queremos paz, debemos acudir a Ella.
Muchas veces escucho que la gente se queja de la Guerra. Las personas están asustadas y llenas de desconfianza entre unas y otras.
Por eso, en tales casos, siempre entrego la imagen y oración de la Señora de todos los Pueblos, y digo: “Reza esta oración y tendrás paz en tu vida. De esta forma podemos contribuir a derramar la paz a lo largo del mundo”.


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