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P. Paul Maria Sigl presenta a Thien Thuy,
del Vietnam:
Thien Thuy es del Vietnam, pero durante la guerra
pudo huir y actualmente vive en Australia. Ha venido (expresamente) de aquel
continente también para darle las gracias a la Stma. Virgen por todo
el amparo y las gracias que le ha dado durante toda su vida.
Hoy día Thien trabaja como asistente social y ayuda a los refugiados
e inmigrantes del mundo entero que llegan a Australia en busca de una nueva
patria. “Yo misma he sufrido todo lo que hoy sufren ellos”, nos
ha dicho Thien, “la pérdida de la propia identidad, de familiares
y amigos y de la patria, formas de vida nueva y un idioma extraño”.
Sí, si pensamos que ella misma ha vivido el drama de ser una refugiada,
entonces es fácil imaginarse con qué delicadeza trate con personas
que a su vez llegan de Argentina, de China, de Chile, de Iran y de Irak, de
Bosnia, de Bangladesh o de Africa. A menudo acompaña algunos de ellos
en coche, haciéndoles escuchar el casete con el Rosario de la Divina
Misericordia. A veces pasa que eso le da ocasión de tener con ellos una
buena conversación y no es raro que las personas acepten el consejo de
Thien: “En tu necesidad dí a menudo: ‘¡Jesús,
en Tí confío’!”
Sucede que incluso ateos o gente con otra fe muchas veces le dicen: “¡Thien,
pide a tu Dios por mí!” Después vuelven y cuentan: “Thien,
tu Dios me ha ayudado. ¡Dale las gracias de mi parte!”
Hoy Thien nos va a hablar de su familia y también
de su hermano, el Cardenal Francisco Javier Nguyên Van Thuân (fallecido
en el 2002, Prefecto emérito de la Pontificia Comisión por Justicia
y la Paz), que por motivo de su fe pasó 13 años en cárcel
en Vietnam, ¡nueve de los cuales en aislamiento! El Santo Padre lo llamó
un mensajero heroico del Evangelio, por lo cual quiso presidir personalmente
la Misa de funeral de este hombre santo, para manifestar su personal estima
y su amor al Cardenal Van Thuân, de quien ha dicho:
“Su secreto era una indomabile confianza
en Dios, alimentada por la oración y el sufrimiento… En sus últimos
días, cuando ya no podía hablar, permanecía con la mirada
fija en el Crucifijo que tenía delante. Rezaba en silencio, mientras
consumía su último sacrificio como coronación de una vida
marcada por una heroica conformación a Cristo en la Cruz. … (Su)
testamento termina con una triple recomandación: ‘Amad a la Virgen
Santa y tened confianza en San José, sed fieles a la Iglesia, permaneced
unidos y sed caritativos para con todos’. Aquí está el resumen
de toda su vida”.
¡Creo
que todos nosotros también queremos empeñarnos para que
sea canonizado este gran príncipe de la Iglesia de nuestro tiempo,
porque estoy convencido de que se lo merece! Ha dado testimonio con su
vida, que ha sido un martirio, la púrpura cardenalicia.
Me llamo Thuy Tien y nací en Hue,
en el centro de Vietnam. Éramos diez hijos en casa, cinco mujeres
y cinco hombres. Mis padres eran profundamente creyentes y ambos provenían
de familias que por muchas décadas habían experimentado
personalmente la persecución de cristianos en Vietnam. Cuando éramos
niños, escuchábamos sobre el coraje que habían tenido
nuestros familiares al estar listos para entregar sus vidas a Dios por
su Fe.
Mi hermano Van Thuân, quien luego fue Cardenal, siempre desde niño
decía que quería morir algún día como mártir.
Estábamos acostumbrados a rezar con nuestros padres desde una muy
tierna edad. Esa era una situación común en nuestras vidas.
Recuerdo muy bien cómo cada noche toda nuestra familia se reunía
en la capilla de nuestra hermosa casa para rezar agradeciendo a Dios y
decirle buenas noches. Mi madre me contó luego que me tenía
que despertar porque cuando tenía seis o siete años, a menudo
me quedaba dormida mientras rezaba. Sí, como niña pequeña
me parecía demasiado rezar un Rosario completo, letanías,
el Memorare, y luego la oración a nuestros ángeles de la
guarda cada noche antes de ira dormir. Pero mis padres siempre respondían:
“Dios nos da 24 horas al día. ¡Si con las justas le
dedicamos una hora, entonces en realidad no es demasiado!”
Mi hermano, el Cardenal Van Thuân
Mi hermano Van Thuân (foto opuesta), bautizado
como Francisco Javier (fallecido en el 2002, Prefecto emérito de
la Pontificia Comisión por Justicia y la Paz), se ordenó
sacerdote a pesar del a persecución y desde 1967 hacia adelante
trabajó fructíferamente durante ocho años como obispo
de la diócesis de Hna Trang. En 1975, fue nombrado Obispo de la
capital Saigón donde, poco después de su llegada, fue encarcelado.
Estuvo en prisión debido a su Fe por casi 14 años, 9 de
los cuales fueron en aislamiento. Durante cinco años ni siquiera
supimos si estaba vivo o no. Pero en casa rezábamos cada día
por él, especialmente mi madre. Ella lo tranquilizaba a mi padre,
diciéndole: “¿No fuimos nosotros quienes lo entregamos
a Dios? ¡Entonces Él lo cuidará!” El Santo Padre
lo nombró “heroico heraldo del Evangelio de Cristo”.
Van Thuân nos contó sus experiencias en aquellos años de
sufrimiento. Siempre fue conocido por conservar la misma calma y una gran
confianza en Dios. Nunca lo vi en pánico o asustado. Durante los
tiempos de guerra y persecución, nosotros como niños recibíamos
todo eso en casa como un regalo de nuestra madre para que no perdamos
la calma incluso si lo perdíamos todo. Mis padres siempre decían:
“Dios todo lo ve y todo lo sabe. Nos ama y por eso todo lo que Él
permite es siempre lo mejor para nosotros. Si nos envía sufrimiento,
no significa que nos haya abandonado, ¡no! A través del sufrimiento
nos ayuda a ser más fuertes.”
En situaciones difíciles. Mi hermano decía: “Todos
somos refugiados en esta tierra. Nuestro hogar eterno está solamente
con nuestro Padre amado en el Cielo”.
Dios recompensa nuestra confianza
Cuando escapé con mi hija en 1975, experimentamos
en carne propia la ayuda de Nuestra Señora. Cuando llegué
a Singapur, no sabía qué hacer. En primer lugar rezamos
el Memorare que habíamos aprendido de niños. En momentos
difíciles, mi madre repetía esta oración constantemente,
mientras cocinaba y mientras hacía cualquier otra cosa. A menudo
decía: “Nuestra Señora tiene que oírnos, porque
rezamos, ‘jamás se ha oído decir, que ninguno de los
que han acudido a tu protección, implorado tu asistencia y reclamado
tu socorro, haya sido abandonado de ti’.”
En efecto, recibimos un avisa para ingresar a Australia, aunque tuvimos
que dejar a mi esposo en el caos de Saigón. A través de
la maravillosa providencia, pudo escapar por barco a Corea. Ella nos ayudó
entonces a empezar una nueva vida.
La Señora de todos los Pueblos en mi vida
Fue en Australia donde por primera vez
escuché sobre la Señora de todos los Pueblos. Comprendí
inmediatamente que si queremos paz, debemos acudir a Ella.
Muchas veces escucho que la gente se queja de la Guerra. Las personas
están asustadas y llenas de desconfianza entre unas y otras.
Por eso, en tales casos, siempre entrego la imagen y oración de
la Señora de todos los Pueblos, y digo: “Reza esta oración
y tendrás paz en tu vida. De esta forma podemos contribuir a derramar
la paz a lo largo del mundo”.
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