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Testimonio
del Obispo Mons. Sooza Pakiam, India
“La Señora de todos los Pueblos en mi corazón y en mi diócesis”
Eminentísimo Señor Cardenal,
queridos y estimados hermanos Obispos,
queridos hermanos y hermanas,
Me alegro mucho de poder estar con Ustedes de nuevo
aquí, en el Santuario de la Señora de todos los Pueblos. Considero
un gran privilegio y una bendición especial de Dios, poder participar
en esta Quinta Jornada Internacional de oración en honor de nuestra Madre
celestial, la Madre de todos los Pueblos. Sin embargo, esta Jornada de Oración
es diferente de las anteriores.
Ahora nos hemos reunidos por primera vez después de la declaración
oficial del Obispo sobre la autenticidad de las apariciones y de los mensajes
de la Señora de todos los Pueblos. Por consiguiente, nuestro corazón
está lleno de alegría y gratitud.
Mientras damos gracias a Dios y a nuestra Madre celestial por este reconocimiento,
quisiera también felicitar al Obispo de la diócesis, nuestro apreciado
hermano, Mons. Josef Maria Punt, por haber tenido el valor de dar este enorme
paso adelante. Lógicamente ésto abre un camino más fácil
a la difusión de la devoción a la Señora de todos los Pueblos
y de sus mensajes en el mundo. “¡Que la Señora de todos los
Pueblos, que un día era María, sea nuestra Abogada!”
La Iglesia ha aprobado ya innumerables apariciones de la Stma. Virgen, con sus
correspondientes mensajes. ¿Para qué sirven todas estas apariciones
y mensajes y qué finalidad tienen? La respuesta a tal pregunta está
en estas palabras de Jesús en el Evangelio: “Os he dicho ésto,
para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea pleno” (Jn.
15,11).
El Omnipotente ha hecho cosas maravillosas en María. Ella ha recibido
la Gracia. Siendo Inmaculada es la Llena de Gracia. El Espíritu Santo
la cubrió con su sombra. Fue escogida para ser la Madre de Dios. Fué
llevada al Cielo en cuerpo y alma y coronada como Reina del Cielo y de la tierra.
Ella glorifica al Señor y su espíritu se alegra en Dios, su Salvador.
(Lc. 1,46)
María es nuestra Madre. Pero ¿cómo podría ser felíz
una Madre sola, sin compartir esa alegría con sus hijos? Es imposible.
Ese es el motivo por el que la Stma. Virgen baja tantas veces a la tierra, dirigiéndo
sus mensajes a todos sus hijos en el mundo, para que su alegría esté
en nosotros y nuestra alegría sea perfecta.
Nosotros los hombres estamos buscando continuamente algo. El alma del hombre
busca sin cesar algo con que llenar ese vacío que siente cada vez más.
Sin embargo, son muchos los que no saben qué es ese “algo”
que podría llenarles el corazón. Por eso tantas veces se confunden
y se engañan. Sigmundo Freud decía que ese “algo”
es el placer. Su discípulo Alfred Adler dió un paso más,
diciendo que es el poder. Pero la experiencia actual enseña que ninguna
clase de placer o de poder es capaz de llenar los anhelos del corazón.
San Agustín ya había dado la respuesta correcta: Dios nos ha creado
sólo para El, por motivo de El, y nuestro corazón no descansa
hasta que no descansa en El. Sí, el espíritu de María no
exulta en el placer o en el poder, ni en cualquier obra terrena. Su espíritu
se alegra sólo en Dios, su Salvador. María está llena del
Espíritu de Dios y en sus manos lleva a Jesús, el Pan de la Vida,
“que ha venido para tengamos Vida y la tengamos en abundancia” (Jn.
10,10).
María se aparece tan a menudo en la tierra, para que todos participemos
a esa Vida en abundancia, para que experimentemos la verdadera alegría
y permanezcamos en la paz.
María nos da sus mensajes en primer lugar para recordarnos los que Jesús
desea de nosotros en el Evangelio, para que alcancemos la verdadera paz y felicidad.
Una vez un jóven rico fue a ver a Jesús, pero a pesar de toda
su riqueza, su corazón no estaba sereno. Buscaba la vida eterna y pensaba
que Jesús lo animaría a aumentar aún más las riquezas
que tenía. Pero Jesús le pidió que renunciara a las riquezas
y lo invitó a seguirlo con las manos vacías. Pero el jóven
rico, estimando más sus riquezas, se alejó con tristeza de Jesús
(Mt. 19,16-22).
Otro pasaje nos muestra a otro jóven rico, Zaqueo, que tuvo el valor
de dejar todo lo que poseía, para tener la alegría de acoger a
Jesús en su casa. Tuvo la gracia de oír estas palabras de Jesús:
“¡Hoy ha entrado la Salvación en tu casa!” (Lc. 19,1-10)
Los mismos ejemplos los podemos encontrar en nuestra sociedad actual. Permítanme
recordar dos personajes famosos, que han muerto casi al mismo tiempo. Diana,
la princesa de Gales, y Madre Teresa de Calcuta. En la India he visto un reportaje
completo de la vida de Diana y la serie de hechos que la llevaron a la muerte.
Terminaba el reportaje con estas palabras: “Iba siempre en búsqueda
de la felicidad, pero no le quedó nada; todo se desvaneció”.
La princesa Diana fue a su manera una persona buona. Lo tenía todo: riquezas
y bienes, influencia y poder, belleza y popularidad. Pero al final, entre sus
manos se desvaneció todo lo que su corazón anhelaba.
Por otra parte tenemos a la Madre Teresa, que con las manos vacías iba
por las calles de Calcuta, haciéndose la más pobre entre los pobres.
Pero, no obstante eso, era una mujer radiante de felicidad, que ha ido por todo
el mundo, irradiando pore todas partes esa felicidad que poseía, para
compartirla con el mayor número posible.
¿Y cuál era su secreto? Ella no seguía los gustos del mundo,
al contrario, tenía sólo a Jesús como el centro de su vida:
“Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de
los Cielos” (Mt. 5,3).
La Stma. Virgen quiere, por medio de sus apariciones, mostrarnos el camino que
conduce a la verdadera felicidad. Quiere darnos a Jesús, el Camino que
lleva al Padre, la Verdad eterna y la plenitud de la Vida.
Pero ahora déjenme que les hable de la gente de mi diócesis. Soy
el Obispo de la diócesis de Trivandrum, la capital de Kerala, que es
el estado más meridional de la federación India. Aun después
de su reciente división, Trivandrum sigue siendo una diócesis
bastante grande, con una población de más de 250.000 católicos
fervientes y practicantes. En su mayor parte, casi el 90 por ciento, son pobres
pescadores, tratados por el gobierno de la India como una clase social emarginada
en todo sentido. Mi pueblo se ve emarginato en nuestra sociedad; hoy día
la situación sigue siendo en gran parte igual. Se ve explotado y oprimido
por los estratos sociales dominantes. Desde luego, tienen sus límites
y sus costumbres extrañas, pero, con todo, en conjunto son gente de fe
profunda, a quien está reservada la bienaventuranza prometida a los pobres
de espíritu.
Quisiera compartir con ustedes una experiencia que tuve en una parroquia grande.
Les dará una idea de la fe profunda de esta gente, de su amor a la Iglesia
y de su disponibilidad a sacrificarse por amor a Dios.
Me acuerdo de un hombre relativamente anciano de esa parroquia. Luchaba por
mantener y alimentar a su numerosa familia. Dos de sus hijos eran físicamente
inválidos y la hija más pequeña no se podía casar,
porque no tenía dote suficiente. Todos los hijos dependían del
trabajo del padre. A pesar de ser muy necesitados, conservaban firme su fe en
Dios. Se ayudaban mutuamente y yo mismo he visto, cada vez que los visitaba,
el amor, la alegría, la paz y armonía que reinaban entre ellos.
De verdad quería averiguar cual era el secreto de su felicidad. Un día,
en Noviembre, el hombre vino a verme con un poco de dinero en mano y me pidió
que dijera dos Misas por las almas del Purgatorio. Sabiendo cuánto estaban
necesitados, le pedí que volviera a casa con el dinero, ofreciéndole
celebrar las dos Misas gratuitamente según sus intenciones. El viejo
me contestó: “Padre, tal vez Usted no sabe cuánta alegría
sentimos cuando podemos ofrecer algo, por poco que sea. Somos pobres, pero aunque
sea poco, queremos ofrecer algo por la Iglesia y por las almas del Purgatorio.
Padre, por favor, acepte este pequeño donativo”.
Esas palabras me han ayudado a descubrir el secreto de la felicidad y de la
paz que siempre había notado en esa familia. Una gran verdad es que,
al contrario de los ricos, los pobres que no tienen nada para ellos, tienen
siempre algo que compartir con los demás. Eso les hace estar en estado
de Gracia y que vivan santamente.
Esa gente, durante siglos, ¿de dónde ha sacado la luz y la fuerza
para conservar su fe, su amor y su espíritu de sacrificio? Desde luego,
no del estudio o de la meditación de la Sagrada Escritura, pues sólo
recientemente ha sido traducida en nuestra lengua. La mayor parte de ellos no
pueden permitirse el lujo de comprar una Biblia. Muchos son analfabetos y no
son capaces de leerla. Los que les ha ayudado a conservar durante siglos la
fe y el amor e incluso a crecer en estas virtudes, ha sido la devoción
filial a la Stma. Virgen, nuestra Madre. Lo debemos a esta devoción y
en particular al Rosario, que se reza cada día en familia. Lo que el
Santo Padre, Juan Pablo II, dice en su Carta Apostólica sobre el Rosario,
la “Rosarium Virginis Mariae”, en el tercer párrafo, se puede
aplicar perfectamente a nuestra gente: “El Rosario…” (etc.)
Hace años, un sacerdote americano, el Padre Peyton, recorrió el
mundo difundiendo la devoción del Rosario. Visitó también
mi diócesis. Al empezar su visita en una parroquia, exhortaba a todos
los fieles a que dijeran por lo menos un misterio del Rosario cada día.
Enseguida se dió cuenta de que no rezaban un solo misterio sino el Rosario
entero. Le impresionó mucho el ver ese amor sencillo y esa devoción
a la Stma. Virgen de nuestros fieles. Cuando se despidió, nos dijo: “He
venido a enseñarles la importancia del Rosario y la necesidad de decirlo
cada día. Pero en realidad, han sido ustedes los que me han enseñado
la belleza de esta devoción y a mostrarme con su vida cómo el
Rosario puede alimentar la fe de la gente durante siglos”.
El pasado sábado, fiesta de la Visitación, el Santo Padre me ha
recibido en audiencia privada en su habitación. He hablado con él
unos diez minutos. Le he dado las gracias sobre todo por su Carta Apostólica
sobre el Rosario, la “Rosarium Virginis Mariae” y por su Encíclica
sobre la Eucaristía, “Ecclesia de Eucaristia”. Su Santidad
se alegró mucho de oír que en nuestras iglesias la gente se reúne
en gran número cada día, per asistir al Sacrificio de la Santa
Missa y adorar al Señor en el Santísimo Sacramento, por lo menos
media hora. Le he dicho que entre nosotros es normal rezar el Rosario en familia
y que durante mi visita “ad límina”, en Roma, todos los fieles
de mi diócesis están unidos en oración. Le he dado un ramillete
espiritual formado con 500.000 rosarios que la gente ha prometido decir por
las intenciones del Santo Padre durante las dos semanas que ha durado mi visita
“ad límina”. Su Santidad ha quedado muy impressionato de
que la gente en mi diócesis sea tan devota a la Sgda. Eucaristía
y rece el Rosario. Me ha dicho que estaba orgulloso de la fe de esta gente y
que me encomendaba robustecer aún más su fe mediante la Sagrada
Eucaristía y la devoción a la Stma. Virgen.
Me alegro mucho de poderles decir que la devoción a la Stma. Virgen como
Madre y Señora de todos los Pueblos se va difundiendo poco a poco en
nuestra diócesis. El cuadro de la Señora de todos los Pueblos
ha sido entronizado solemnemente en cuatro iglesias de la dócesis y mucha
gente está haciendo una novena en honor de la Madre de todos los Pueblos.
La hermosa oración, que nuestra Madre celestial nos ha enseñado,
es acogida por todas partes con alegría y se reza. He mandado una carta
pastoral a todas las parroquias de la diócesis, en la que explico la
importancia y la belleza de esta oración. Se mandaron imprimir cien mil
estampitas con la imagen y la oración en nuestro idioma y se repartieron
por toda la diócesis. Estos últimos años, desde que vine
a visitar la capilla de la Señora de todos los Pueblos, en Amsterdam,
rezo cada día dos rosarios, diciendo 50 volte en cada rosario esta oración
tan hermosa, tan significativa e inspirada que la Stma. Virgen nos ha dado.
Es verdad que hoy día nuestra gente está todavía subdesarrollada.
Es verdad que tenemos muchas carencias y necesidades, pero es como dice San
Pablo en su primera carta a los Corintios: “No son muchos entre vosotros
los sabios según la carne, no son muchos los ricos, ni los de familias
nobles, pero Dios ha escogido lo que en el mundo no vale” (1 Cor. 1,26-29).
Tenemos a Dios por Padre, a Jesús como nuestro Redentor, al Espíritu
Santo come nuestra fuerza y a María como nuestra Madre. Junto con un
sinnúmero de Santos formamos el Cuerpo místico de Cristo, que
es la Iglesia. Ese es el motivo de nuestra dignidad, la fuente de nuestra fuerza
y el secreto de nuestra felicidad.
Sí, el Omnipotente ha hecho grandes cosas en nosotros y Santo en su nombre.
¡Que Dios bendiga a cada uno de ustedes!
Sooza Pakiam M.
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