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Me llamo Nina Weiss, soy gitana y vivo
en Hamburgo. Toda mi familia es muy religiosa. Mi marido y yo tenemos
los dos 33 años y tenemos tres hijos.
Antes del Miércoles de Ceniza hemos pasado una gran prueba y desde
hacía mucho tiempo ya no sentía gusto en practicar nuestra
fe católica. De alguna forma había perdido el interés
por estas cosas. Incluso mi hermana pequeña y bastantes parientes
míos habían entrado en una secta en la que la veneración
de la Virgen es muy combatida. Además mi marido llevaba ya una
semana entera quejándose de fuertes dolores. Por eso fui a nuestra
iglesia parroquial y le pedí al Señor que me mostrara el
camino en esta oscuridad.
Poco después mi marido tuvo que ingresar en el hospital, y el diagnóstico
fue de un cáncer intestinal. Los médicos estaban muy preocupados
por sus condiciones y tuvieron que operarlo rápidamente. En esos
momentos comprendí el sentido de mi vida: ¡mi marido y mis
hijos! No el dinero, la carrera o lo estima.
Sinceramente he de decir que sempre he tenido una especial relación
con Jesús Misericordioso. ¡El me ha ayudado siempre, pero
esta vez fue distinto!
En mi angustia fui a ver a mi madre y ella me dio una imagen de la Virgen:
La Señora de todos los Pueblos, y me animó a que le rezase.
Miré esa imagen, que yo no conocía, la Señora delante
de la Cruz, y pensé: “¡Los de la secta tienen razón,
respecto a la veneración a la Virgen! Ella quiete sustituir a Jesús,
ella quiere ser Jesús. No, de esa yo no tengo necesidad”...
Sin embargo, me guardé la imagen en la bolsa.
Después fui donde mi padre y le pedí una de sus imágenes
de Jesús Misericordioso. Normalmente las tenía en su coche,
pero precisamente ese día no tenía.
Por el camino encontré a mi hermano Donny, que lleva siempre una
de esas imágenes consigo, pero tampoco él tenía ni
siquiera una. Entonces comprendí: Jesús quiere que esta
vez vaya a su Madre, la Señora de todos los Pueblos.
Así fui a la iglesia, me postré en el suelo delante de la
imagen de la Stma. Virgen y le dije: “Oh Mamá, no soy digna
de rezarle a tu Hijo. Te encomiando a Tí la vida de mi marido”.
Después me puse a cantar.
Durante la operación de mi marido, mis hijos y yo estuvimos rezando
en la capilla del hospital. Al acabar la operación, que duró
cuatro horas, vino el médico y nos dijo: “Su marido vive.
Todo ha salido bien. Lo han llevado al pabellón de cuidados intensivos”.
Para darle las gracias a la Stma. Virgen quise hacerle enseguida un regalo.
He de decir que me gusta mucho mi pelo largo, mi hermosa trenza negra.
Y éso ha sido precisamente lo que le he querido regalar a la Stma.
Virgen María. Enseguida, sin vacilar, me fui a la peluquería
del hospital. Con decisión le expliqué a la peluquera que
quería regalarle mi trenta a la Virgen, a la Señora de todos
los Pueblos. Entonces me la cortó con las lágrimas en los
ojos.
Llena de felicidad les conté a todos mis parientes que la Señora
de todos los Pueblos había ayudado a mi marido. ¡Sí,
el milagro lo ha hecho ella! Incluso mi hermana, la que estaba en la secta,
llena de conmoción me ha dicho: “Nina, de verdad te ha escuchado
Ella, la Santa Madre”. Nos hemos abrazado porque, después
de haber estrado tres años en esa secta, mi hermana había
vuelto a encontrar el justo camino.
Al principio los médicos estaban muy asombrados de la recuperación
de mi marido, pero después tuvo una recaída. Empezamos otra
vez a pedir, con mi cuñada, que aún estaba en aquella secta,
y también ella se arrodilló y dijo el Ave María.
Me dieron permiso de ver a mi marido, estive orando a su lado y puse una
imagen de la Señora de todos los Pueblos sobre su herida. Estaba
llena de esperanza y ya no tenía ningún temor respecto a
su grave condición.
Fui incluso a visitar a otros enfermos, los abracé y los animé.
Por ejemplo: le hablé de la Señora de todos los Pueblos
a un pobre hombre sentado en una silla de ruedas, que tenía un
cáncer en el cerebro, y le conté cómo la Virgen ha
ayudado tan milagrosamente a mi marido. Les dije a los que estaban al
lado que iría a hacer una Santa Confessione esa misma tarde y los
animé a que invocaran a la Stma. Virgen.
Por la tarde, en la confesión, le dije al sacerdote: "He traicionado
casi a la Stma. Virgen, pero Ella me ha dado una nueva ocasión".
Lo mismo les decía a todos los que encontraba.
La mañana siguiente encontré a mi primo en el hospital.
También él quería entrar en aquella secta. Con lágrimas
en los ojos me contó que esa mañana su hijo de siete años
lo había despertado, pidiéndole que fuera con él
a la Santa Misa. Así, por primera vez en ocho meses, había
vuelto a la iglesia. Le dije: “Pedro, eso no ha pasado por casualidad,
la Santa Madre te quiere y nuestra fe es la verdadera”. Y él
me contestó simplemente: “Sí, lo sé”.
Durante casi dos semanas las condiciones de mi marido fueron inconstantes.
Aún tuvieron que hacerle tres endoscopias al estómago y
tres al intestino. Antes de cada reconocimiento besaba la imagen de la
Señora de todos los Pueblos. Desde entonces decimos cada día
juntos su oración. Durante el tempo que le hacían las endoscopias
he estrado sempre con mis hijos en la capilla del hospital, cantando y
rezando a la Virgen. Así desaparecía sempre el miedo. Por
la tarde, después del último reconocimiento, vino muy contenta
la doctora a decirnos: “Su marido está curado”.

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El Jueves Santo, al cabo de seis semanas
en el hospital mi marido ha vuelto a casa. ¡Sano! ¡Hemos superado
todo, gracias a la Señora de todos los Pueblos!
Pensando al pasado, tengo que decir que nosotros –mi familia, nuestri
parientes y yo– hemos tenido necesidad de esta experiencia. ¡Nos
hemos despertado todos de nuevo!
La Stma. Virgen nos ha mostrado que ninguna lucha es en vano.
¡Gracias, Señora de todos los Pueblos!
¡Gracias, Jesús!
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