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Testimonio de Mónica Harnecker, Chile - Detalles
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La Acción mundial en Chile

Testimonio de Mónica Harnecker


Quiero compartir con ustedes una experiencia muy especial, una historia de amor con Dios y la Madre de Dios, que empezó hace 16 años y que cambió totalmente mi vida.

Mis padres eran católicos y yo me eduqué en un colegio de religiosas. Me casé con un hombre muy bueno, pero agnóstico, lo que quiere decir que Dios no tenía ningún significado en su vida. Empezé a dejar de ir regularmente a la Misa los domingos, hasta el punto de no volver a la iglesia. Poco a poco dejé también la oración hasta el punto que tanto Dios como la Iglesia no eran parte de mi vida.

Así pasaron 10 años. Me había separado totalmente de Dios hasta que nació nuestra tercera hija, Andrea. Cuando la niña tenía 3 meses, nos dimos cuenta de que algo no era normal en ella. Le hicieron exámenes en una clínica neurológica infantil. Durante toda una semana se tuvo que someter a todos los exámenes médicos. Al final de la semana nos dieron el diagnóstico: la niña tenía un gran retraso mental.

Nunca nos olvidaremos del momento y del día en que nos dijeron: “Andrea no podrá ir nunca a un colegio y no podrá llevar la vida de una niña normal”. Conteniendo las lágrimas salimos de la clínica, totalmente destruídos y con un sentimiento de soledad y angustia indescriptibles. Ninguna de las palabras consoladoras de mi esposo podía aliviar el dolor que yo sentía. Todo parecía vacío. De la misma manera, para mi esposo mis palabras eran vacías. Para poder entender lo que me estaba sucediendo, necesitaba hablar con alguien y encontrar un refugio para mi alma. Todas las fuerzas y las ganas de vivir parecían haberse acabado bajo el peso de esta cruz que se me había sido impuesta.

Así pasaron varios días llenos de angustia y sin consuelo alguno. ¿Por qué a nosotros? ¿Qué hemos hecho? ¿Por qué nos merecemos este sufrimiento? Esto nos lo preguntábamos, hasta una noche en que sentí que debía orar. Traté de rezar el Padre Nuestro, pero para mi vergüenza y con tristeza tuve que aceptar que se me había olvidado. ¡Oh, cómo necesitaba al Redentor!

Descubrimos una iglesia católica cerca de la casa. Fuimos a Misa por primera vez después de 10 años. Después de la Misa se reunía un grupo de oración de la Renovación Carismática y espontáneamente decidimos asistir a esa reunión. Cuando entramos, vimos como las personas oraban y cantaban con gran alegría. El Obispo los guiaba. Todos los rostros reflejaban una paz profunda, alegría, tranquilidad y me dieron la impresión o de estar locos o de ser personas muy especiales. En el fondo de mi corazón, deseaba tener lo que ellos tenían. ¡Pero me sentía tan lejos de todo ello!

Cuando se terminó el grupo de oración, mi esposo y yo permanecimos sentados. Me sentía más que nunca vacía y débil, como si no tuviera fuerzas para levantarme y salir de allí. Los dos nos encontrábamos en este estado de desesperación, cuando sentimos una mano en nuestro hombro: una señora de edad, y no muy alta, estaba de pié detrás de nosotros y nos dijo: “Cuando los ví entrar me me dije a mi misma: me alegro mucho que finalmente se decidieron a venir”. La expresión de su cara sólo la podemos describir como "celestial": la forma como nos miraba, sus palabras de consuelo, todo en ella manifestaba amor. A pesar de que la volvimos a ver muchas veces, nunca más la vimos tan radiante como en ese día. En nuestros corazones no tenemos la menor duda, de que la Madre de Dios era quien nos estaba hablando.

Algo “se rompió” dentro de mí; de pronto sentí el amor de Dios vivo dentro de mí. Me sentí tan amada por Dios, que no era capaz de depositar tanto amor. Durante semanas y meses, lloré y lloré. Lloraba de amor, eran lágrimas de amor. Amaba a Dios, amaba al amor. El hambre y la sed que tenía de Dios me impulsaban a ir todos los días a la Santa Misa y a orar. Hablaba con El de todo corazón, con mis propias palabras, con todos mis sentimientos, como un niño.

La segunda etapa importante en mi vida de fe comenzó cuando conocí a la Señora de todos los Pueblos. La primera vez que oí de ella, fue durante un retiro espiritual dado en Chile por el P. Pablo Martín, cuyo tema era la Voluntad de Dios. Me dió una estampita de la Vírgen con esa oración tan poderosa que Lei misma nos regaló. Desde ese momento, tuve un deseo interior muy grande de visitar su santuario en Amsterdam.

En junio del año pasado, este deseo se convirtió en realidad. Vinimos sólo por dos días y buscamos la dirección que estaba anotada en la estampa de la Vírgen. Una hermana muy amable nos abrió la puerta y nos invitó a que entráramos y rezáramos el Rosario que acababa de empezar. No sabíamos que nos encontrábamos directamente en el santuario de la Vírgen. Grande fue nuestra sorpresa cuando, al entrar en el recinto, lo primero que vimos fue el cuadro de la Señora de todos los Pueblos, quien con su mirada amorosa y los brazos abiertos parecía decirnos: “Estoy muy contenta de que finalmente hayan venido”. Me arrodillé, pues tenía la certeza de que me encontraba en su presencia. Sentí que era un gran regalo que nos hacía el habernos traído hasta aquí. Nuestro corazón rebosaba de agradecimiento.

Al día siguiente, el día en que partíamos, nos dijo la hermana Maria Columba: “Creo que la Madre de Dios los trajo aquí, para ustedes la lleven a Chile”. Cuando la hermana vió mi cara de asombro continuó: “La Madre de Dios dijo una vez: No teman, yo asumo la responsabilidad”. Y exactamente eso fue lo que sucedió.

En Chile, la Señora de todos los Pueblos ahora es bastante conocida, ya que en este año repartimos muchas estampas con la oración y la charla que el Padre Paul Maria Sigl dió el 31de Mayo de 1997, la cual mandamos imprimir. También nos llegaron 40 cuadros grandes con la imagen de la Señora de todos los Pueblos, los cuales han peregrinado de casa en casa, de norte a sur, para así poner en práctica sus palabras consoladoras.

Para mí, la oración de Amsterdam es potente, porque llena los corazones de esperanza. La esperanza hace crecer el amor. El amor nos da la fortaleza para aceptar todo lo que Dios permite en nuestras vidas.

Desde nuestra conversión ya han pasado 16 años, los más felices de nuestra vida, porque María puso sus manos maternales sobre nuestros hombros y nos permitió mirar a Jesús. Nos enseñó que la cruz – desde el punto de vista de la fe – es el mayor tesoro que podemos tener en la vida. Cuando llevamos la cruz con El y por El, la cruz es nuestra redención, nuestra vida, nuestra alegría, nuestra paz, nuestra esperanza y nos conduce al verdadero amor.

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