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Apostolado y Muerte - Detalles
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IDA EN FAMILIA
INCANSABLE EN EL APOSTOLADO POR LA SEÑORA DE TODOS LOS PUEBLOS
SUFRIMIENTO SILENCIOSO
“AÚN NO ESTÁS EN EL CALVARIO”
“PRONTO TE LLEVARÉ A MI HIJO”
LA MUERTE DE LA VIDENTE
ALOCUCIÓN del obispo Mons. Henrik J. Bomers en occasión del funeral

 

APOSTOLADO Y MUERTE

Biografía de P. Paul Maria Sigl
2005, tercera parte


IDA EN FAMILIA

En los turbulentos años de las apariciones, la familia Peerdeman está cada vez más unida. Como es lógico, los hechos extraordinarios en relación con la vidente no quedan del todo secretos, a mayor motivo que dos de las apariciones tienen lugar en público, en la iglesia de Santo Tomás. La autoridad eclesiástica reacciona con discreción cuando pasa algo extraordinario y rehuye la publicidad, lo cual corresponde al carácter de Ida, extraña a cualquier sensacionalismo en torno a su persona. Ella se considera sólo un instrumento, como le había dicho la Señora.
Es tan reservada que rechaza bruscamente a una visitante que, movida por un sentimiento de admiración y respeto, le acaricia el brazo. Después de lo cual, aclarados sus sentimientos, se hicieron amigas. Para Ida es de gran ayuda su director espiritual y la seguridad que le da su familia. Cuando sufre y llora, también los demás sufren y lloran. Sin embargo no faltan los momentos bellos en familia. Todos tienen un fuerte sentido musical, y con frecuencia tocan y cantan en casa. En Navidad organizan un auténtico concierto. Además de ser una buena violinista, a Ida le gusta pintar y bordar.

A pesar de las experiencias sobrenaturales, Ida sigue siendo una persona con los pies en la tierra, una mujer a quien le gusta los vestidos de moda, todo lo que es bello, y en modesta medida, también las joyas. Junto con su familia recuerda con entusiasmo las felices vacaciones en los Alpes Dolomitas, en Bavaria o en Suiza. Generosamente le gusta sorprender a las personas que ama con regalos especiales, cuidadosamente escogidos. Y nunca olvida enviar una hermosa postal a sus sobrinos, aunque esté ausente sólo uno o dos días. Exteriormente, su vida sencilla y modesta no es diferente de la de sus tres hermanas mayores.

 

Foto familiar de los cinco hermanos Peerdeman

Sentados, desde la izquierda: Truus Peerdeman, Ida Peerdeman, Jo Groothues Heidkamp-Peerdeman y el P. Spauwen SJ.

De pie, desde la izquierda: Cas Kerstholt, un amigo de familia, Gé Peerdeman, Lies Kerstholt, Afra Peerdeman-Bos y su marido Pieter Peerdeman, el único hermano, con sus dos hijos Jan y Hélène.

 

 

 

 

 

 

 

 

París, 31 de mayo de 1969
Ida Peerdeman es nombrada “dama”
de la “Militia Jesu Christi”.
Ida Peerdeman pertenecía a la «MILITIA JESU CHRISTI» que tuvo origen como una orden caballeresca para la protección de los conventos dominicos.

A partir de 1870 se convirtió en una organización seglar mariana independiente, en defensa de la fe católica.
En una visión, santo Domingo había indicado a Ida el portal del convento de Sens, diciéndole: “Tienes que entrar aquí”.

El 13 de octubre de 1968 ingresó en el movimiento y en Sens recibió el “manto de la Milicia”.
El 31 de mayo de 1969, con ocasión de su primera promesa pronunciada solemnemente en la iglesia real parisina de St-Germain l’Auxerrois, el gran maestro, hermano Emmanuel Houdart de la Motte, le pidió que dijera la oración de la Señora de todos los Pueblos delante de la numerosa comunidad reunida.

 

El 25 de febrero de 1950 Ida escribió la siguiente oración en el álbum de dedicatorias de su sobrina Hélène van der Heijden-Peerdeman:

Oh Señor,
enséñame a juntar las manos en la alegría y en el dolor.
Enséñame a creer, a confiar y a ser paciente toda mi vida.
Enseña a mi alma a comprender siempre lo que Tú, Dios mío, quieres de mí. Enséñame a olvidarme de mi voluntad para hacer en el silencio lo que Tú me enseñas.
Amén.

“He recibido esta oración del Padre Teppema OP,
el 13 de agosto de 1921, el día de mi 16° cumpleaños.
La digo cada día”. Ida Peerdeman

 

“Y tú, hija,
en tu regazo pongo a todos los hijos de los hombres. ¡Mírame y ten confianza!”

Del mensaje del 1° de abril de 1951

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INCANSABLE EN EL APOSTOLADO POR LA SEÑORA DE TODOS LOS PUEBLOS

“Y ahora te hablo a ti, hija. ¡Ocúpate de la difusión!”
17 de febrero de 1952

He podido hacerle esta foto a Ida Peerdeman en los años ochenta. Quien la ha conocido sabe que hasta el fin de su vida se ha ocupado cada día, a menudo hasta el extremo de sus fuerzas, en cumplir fielmente los deseos de la Virgen. Incansablemente respondía a las peticiones de información y a las cartas que llegaban de todo el mundo. A todas partes mandaba las imágenes con la oración y los mensajes, cuidadosamente confeccionadas, añadiendo siempre un afectuoso saludo personal.

“Comiencen esta obra de redención y de paz, llenos de celo y fervor, y verán el milagro” 1 de abril de 1951

En 1951 Ida todavía no lo había comprendido, pero luego se convenció cada vez más que la sorprendente rápida difusión mundial de la imagen con la oración, fuera aquel milagro que la Virgen había representado en la visión de los copos de nieve que van cubriendo la tierra. Sin gran publicidad, gracias a muchas ayudas y a colaboraciones inesperadas, la oración ha sido traducida en muchos idiomas y ha llegado a todas partes del mundo. Es como se lo había prometido: “Ya verás que la difusión se hará por sí sola” (15.04.1951).

Si la vidente ya había visto otras veces la imagen de la nevada, esta vez la visión le muestra los efectos de la acción mundial: “Después la Señora me indica el globo terrestre sobre el cual está de pie, y veo como si alrededor de Ella estuviera nevando. La Señora sonríe y dice: ‘¿No lo entiendes? Observa bien el globo’. Entonces veo el globo terrestre cubierto por una gruesa capa de nieve. Ahora la Señora sonríe de nuevo y dice: ‘Mira otra vez el globo’. Es como si el sol lo iluminara; como si la nieve se derritiera y desapareciera lentamente del suelo. Entonces dice la Señora: ‘Te preguntas qué significa eso. Ahora te doy la explicación de mi venida de hoy. Como los copos de nieve van cayendo sobre la tierra y van cubriendo el suelo con una espesa capa, así se difundirá la imagen con la oración y caerá en los corazones de todos los pueblos’. Mientras dice esto, veo a todos esos pueblos de pie delante de mí. La Señora indica entonces su propio corazón y luego los corazones de todas esas personas y dice: ‘Como la nieve se deshace en la tierra, de la misma manera el fruto –el Espíritu– penetrará en los corazones de todos aquellos que digan esta oración cada día, pues piden que el Espíritu Santo venga al mundo’ (01.04.1951).

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SUFRIMIENTO SILENCIOSO


“La he visto tan bella y cada día
me dedico a Ella, a su venida,
a sus palabras y a sus mensajes.
Cada día me levanto y me acuesto
con este pensamiento”.

Los extraños e incluso los mejores amigos no podían imaginar el martirio espiritual y físico soportado en silencio, sin ninguna queja, por la vidente de Amsterdam. Con gran constancia se preocupaba conscientemente para que todo lo que la Señora de todos los Pueblos le había dicho, y que había quedado indeleblemente grabado en su corazón, quedara anotado exactamente y transmitido con diligencia. Si sus visiones le hacían pregustar las dichas del cielo, al volver a la vida de cada día se veía en contraste con desprecios y calumnias, dudas y desconfianzas. Ridiculizada y desacreditada por los medios informativos, aprendió lo que significa perder la propia reputación por ser fiel a la verdad y a la Señora.

Ida sabía que no se había engañado y más todavía se sentía motivada a asumir el peso de la responsabilidad de ser portadora, en cuanto pequeño instrumento, del mensaje más importante del siglo XX. Todos los que conocían de cerca a Ida Peerdeman, sabían de su heroica obediencia a las autoridades de la Iglesia. Prácticamente nadie, sin embargo, podía imaginar cuánto le costaba callar y seguir esperando, y esperando, y aún esperando.
Si bien a veces la vidente manifestaba su desilusión a amigos, en realidad nunca se lamentaba, ni siquiera con ocasión de la muerte de personas queridas: Primero, su amado hermano Piet, después el buen Padre Frehe. A la muerte de su segundo director espiritual, el Padre Kerssemakers SSS, en 1981, los amigos le manifestaron su compasión por el hecho que durante la semana ya no había nadie que celebrase la Santa Misa en la capilla continua a su morada y que no pudiera comulgar. “Pero yo recibo la comunión”, contestaba Ida, “la recibo de una mano invisible”.

 

Quien la conocía, sabía lo modesta y reservada que era Ida. Pero cuando sacerdotes o peregrinos le pedían que hablara de los mensajes, describía sus visiones de un modo tan expresivo que daba la impresión de estar reviviéndolas.
Los que oían hablar a Ida de la Madre de todos los Pueblos tenían que reconocer que, por sí sola, una mujer tan sencilla no habría podido hacerlo de esa forma.


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“¡AÚN NO ESTÁS EN EL CALVARIO!”

Cuando murieron también, una tras otra, sus tres hermanas, Ida –que en tantas situaciones tuvo que sufrir una gran soledad– habrá recordado sin duda las palabras de la Señora: “Tú, hija, tendrás que colaborar sin miedo ni temor. Tú sufrirás física y espiritualmente” (01.04.1951).
La vidente tuvo un cáncer en el seno, pero por miedo a tener que ir al hospital, se dejó operar sólo mucho más tarde. Además estaba gravemente enferma del corazón. Aunque no le gustaba hablar de esto, en los últimos años de su vida fue de nuevo atormentada por ataques diabólicos.
A los 85 años, terribles silbidos, gritos y ruidos la persiguieron durante una hora entera, dejándola exhausta, en lágrimas.
“ Haz de tu vida una ofrenda”
4 de abril, 1954

La noche del 4 al 5 de abril de 1992, con pesados pasos que retumbaban, el demonio llegó a su cuarto. En la oscuridad Ida no lo vió, pero oyó su voz horrible y penetrante, que le decía: “¡Tanto a ti como a tu obispo, haré de manera que no consigan nada! Y la luz que tú ves, soy yo, no hay otra”.
A lo cual la vidente respondió: “¡No, es Ella, seguro! La Señora se presenta siempre en la luz, mientras que lo tuyo propio es venir sólo en la oscuridad, y tú estás siempre en las tinieblas!”. Ida rezó en voz alta la ORACIÓN que la Virgen le había enseñado. Entonces el demonio gritó: “¡Haré que tú no puedas volver a ver la luz!” y la hirió en un ojo con una piedra, causándole un dolor agudo, y desapareció. El ojo se hinchó y se puso rojo como de fuego. Al día siguiente, su hermana Truus y Jannie Zaal, la fiel asistente de los últimos años, se lo lavaron cuidadosamente con agua de Lourdes. El ojo estaba infectado, pero interiormente no estaba lesionado. El médico recetó una pomada y a los diez días Ida volvió a ver.

El 1° de marzo de 1995, miércoles de ceniza, de repente empezaron a sonar al mismo tiempo los cinco teléfonos de la casa. No se interrumpieron ni siquiera cuando Ida levantó el auricular. El demonio quería atemorizarla y, en efecto, Ida se asustó tanto que se sintió mal.
Otra vez el demonio la tiró de la cama, diciéndole con voz horrible: “¡Aún no estás en el Calvario!”.

La mañana del 15 de diciembre de 1995, Madre Ida fue hallada en su cuarto, tirada en el suelo junto a la cama, con la cara llena de moretones. Durante la noche había sentido que de pronto una mano pesada la agarró por la espalda y la tiró de la cama con la cabeza hacia delante. El golpe en el suelo fue tan violento que al cabo de ocho semanas el hematoma aún se le veía en la cara. Como Jesús, en su Via Crucis al Calvario, también Ida tenía que caer tres veces antes de morir.

La tarde del 28 de mayo de 1996, su Excelencia el Obispo, Mons. Bomers, fue a visitarla. Llamó a la puerta, pero nadie abrió. Estando seguro de que estaba en casa, hizo intervenir a Jannie para darse cuenta de la situación. Una vez más, Ida, ya con noventa años, yacía inmóvil en el suelo, donde había sido brutalmente tirada.


 

“Y tu, hija,
ven ante esta imagen y pide cuanto más puedas”
Del mensaje del 19 de marzo de 1952

“Pide mucho por los sacerdotes ... y por la conversión de los pueblos”
Del mensaje del 31 de mayo de 1958

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FELICITACIONES CON OCASIÓN
DE SU 90° CUMPLEAÑOS

13 de agosto de 1995: La vidente festeja sus 90 años. Amigos, llegados de cerca y de lejos, la felicitan y le dan las gracias por su fiel perseverancia en el cumplimiento de su misión.


Después de una interminable espera, Ida pudo asistir
al reconocimiento eclesiástico del título, como le había prometido la Virgen.


“PRONTO TE LLEVARÉ A MI HIJO”

“¡Adiós! ¡Nos volveremos a ver en el cielo!” fueron las palabras finales del último mensaje de la Señora. Hasta el día de tan dichoso encuentro, Ida Peerdeman cumplió fielmente lo que la Santísima Virgen le había pedido: “Tú vendrás siempre a orar ante esta imagen (...) para pedir por todos los que tienen necesidades materiales y espirituales. Esto lo harás siempre, hasta el final” (15.11.1951).

Ida sabía que había de morir en 1996, pues el primero de enero de ese año –por primera vez desde el mes de noviembre de 1995– oyó de nuevo la voz de la Virgen, que le anunció: “Este es tu último año. Pronto te llevaré a mi Hijo. Has cumplido tu misión. ¡Sigue escuchando mi voz!”. Poco tiempo después, Ida dijo a una confidente: “Ya no viviré mucho. Estoy demasiado enferma. ¡Ya nada me detiene!”.

El 31 de mayo de 1996, día de la futura fiesta de la Corredentora, los obispos de Haarlem-Amsterdam, Mons. Henrik Bomers y Mons. Jozef M. Punt, autorizaron oficialmente el culto público de María con el título de Señora de todos los Pueblos. Como el anciano Simeón, la vidente –que por decenios lo había esperado en oración– exclamó llena de alegría: “¡Por fin ha sido aprobado! He podido vivir hasta este día, como me había sido anunciado. ¡Que ahora el Señor me llame a Él!”.

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LA MUERTE DE LA VIDENTE

El miércoles 12 de junio de 1996, Ida recibió con profunda devoción la unción de los enfermos de manos del Padre Amandus Korse OFM. El sacerdote quedó conmovido de la disponibilidad de Ida de aceptar la Voluntad de Dios, cualquiera que fuera: Estaba dispuesta a morir o a seguir sufriendo.
Dos días más tarde, el médico de la familia insistió en hacerla llevar al hospital a causa de su extremo estado de debilidad. Esperando la llegada de la ambulancia, Ida pidió a Jannie que la ayudara a bajar la escalera, pero se cayeron las dos. Peter, el jardinero, la llevó entonces al comedor. Al llegar al hospital fue conectada a la botella de oxígeno, pues se estaban produciendo dolorosas crisis de sofocación. Sólo pocos amigos pudieron todavía visitarla. La anciana estaba recostada como una niña en su lecho. Su corazón estaba completamente exhausto y hablaba con fatiga.
En las primeras horas del 17 de junio de 1996, a las cuatro y cuarto de la mañana, la desconocida pero a la vez grande profeta de la Señora de todos los Pueblos entregó su alma al Creador.

“¡Adiós! ¡Nos volveremos a ver en el Cielo!”
Palabras finales del último mensaje, el 31 de mayo de 1959

“Hija, ellos te creerán. Yo estoy aquí. Estaré a tu lado y te ayudaré”
Del mensaje del 31 de mayo de 1954

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ALOCUCIÓN

del Obispo Mons. Henrik J. Bomers (+12.09.1998)
en ocasión de la Celebración Eucarística en el funeral de Ida Peerdeman

El 20 de junio de 1996, su Excelencia Mons. Henrik Bomers, que estimaba profundamente la grandeza humana de la vidente, presidió el funeral de Ida Peerdeman. A la derecha, con el hábito franciscano, el Padre Amandus Korse.

Queridos hermanos, queridas hermanas,

según la liturgia, éste es el momento de hablar de la difunta que dentro de poco acompañaremos al cementerio. Aquí estamos reunidos por el amor, por la admiración y la estima hacia Ida Peerdeman. No obstante supiéramos, por motivo de su edad, que este momento habría llegado y que teníamos que resignarnos a lo inevitable, su muerte deja un vacío en medio de nosotros.

He buscado en la Sagrada Escritura textos que se aplicaran en el modo mejor –o particularmente– a Ida Peerdeman. He tomado del libro del profeta Isaías la primera lectura, que empieza con estas palabras: “En aquel día, el Señor de los ejércitos preparará sobre este monte un banquete de manjares suculentos para todos los pueblos…”.
Para todos los pueblos. Sabemos todos que ‘el Señor está aquí para todos los pueblos’, un tema frecuente en la Sagrada Escritura. Este tema siempre ha tenido mucha importancia en la profesión de la fe y en las experiencias de Ida Peerdeman.

Bien sé que Ida siempre ha deseado ardientemente que la Iglesia autorizase el culto de María como Señora de todos los Pueblos. Puedo deciros que éste ha sido también siempre mi deseo. Antes de hacer una declaración, sin embargo, el obispo tiene que tener en cuenta todas las circunstancias. Y cuando digo ‘circunstancias’, considero que soy el único entre todos nosotros que las conoce verdaderamente todas.

Gracias a Dios, el 31 de mayo de este año, fiesta de la Visitación de María, el Obispo Mons. Punt y yo hemos dado nuestra aprobación al culto público de María bajo la advocación de Señora de todos los Pueblos. La Iglesia tiene que ser muy prudente ante experiencias humanas semejantes a las que ha tenido Ida.

Lo cual no significa que la Iglesia no dé crédito a esas personas. Pero para poder afirmar que tales experiencias son perfectamente conformes a la doctrina oficial, fundada en la Sagrada Escritura, hace falta en primer lugar que sean cuidadosamente examinadas por la misma Iglesia. ¿Llegará ese momento? Permanezcamos espiritualmente abiertos en este sentido y oremos, como auténticos cristianos, hasta que no llegue el momento justo.

Monumento en bronce sobre la tumba de Ida Peerdeman en el cementerio de Sta. Bárbara en Amsterdam.

De todas formas deseo decir que conocía a Ida bastante bien. He conversado varias veces con ella. La primera vez vino a verme espontáneamente para hablarme de sus experiencias. Pienso que todos nosotros podemos confirmar tranquilamente que en todas las experiencias extraordinarias que ha vivido, nunca ha habido ninguna ficción por su parte. Siempre se ha mantenido objetiva y contraria a cualquier exaltación de su persona, cosa que no toleraba. Dos signos muy elocuentes y positivos.

Todos nosotros la hemos conocido también como una mujer de un carácter alegre, despierta, atenta y exuberante. De lo que estoy convencido, sin la menor duda, es que ella era absolutamente sincera y ha dicho la verdad de lo que ha experimentado. Toda su vida estaba dedicada al culto de María con el nombre de “Señora de todos los Pueblos”. Considero que en la actualidad esta veneración sea muy oportuna, en cuanto vivimos en un tiempo en que los pueblos de la tierra se conocen y establecen relaciones. Esto es sin duda el caso en nuestro país y sobre todo en esta ciudad de Amsterdam, en que viven personas procedentes de casi todos los pueblos de la tierra. Todos estos pueblos tienen que poder convivir en el amor, en armonía y hermandad. Sabemos que hay guerras en tantos lugares de la tierra, también cerca de nosotros. Hemos vivido esa terrible experiencia en este siglo con la discriminación racial, absolutamente reprobable.

Cuando decimos el “Padre nuestro”, expresamos la verdad de que los pueblos de esta tierra pertenecen a una sola familia de Dios. Con las dos palabras “Padre nuestro” que dirigimos a Dios, decimos algo completamente revolucionario.
¡Yo no rezo al “Padre mío” y ustede no rezan al “Padre suyo”, sino que, siguiendo el ejemplo de Jesús, cada cristiano dice siempre “Padre nuestro”! Él es el Padre único de todos los hombres, de todos los pueblos, y todos nosotros somos hermanos y hermanas. Por eso, el culto a María como Madre de todos los Pueblos representa una veneración que está perfectamente bien.
La veneración con este nombre nos recuerda también que tenemos un deber de evangelización respecto a todos esos pueblos que no conocen a Cristo. Naturalmente no debemos hacerla con proselitismo ni acciones animadas por la astucia para llevar a los hombres a Cristo. Cada uno es personalmente responsable en la decisión de ser o no ser cristiano. Sin embargo tenemos la responsabilidad de mostrar quién es Cristo, y ello con las palabras que decimos, con las obras que hacemos y con el testimonio de nuestra vida.
Por tanto, este título de María, Señora de todos los Pueblos, es también muy evangélico. Nos recuerda el deber de anunciar a Cristo a todos los pueblos.

San Pablo escribe en una de sus cartas: “¡Ay de mí si no anunciase a Cristo!” No dice: “Ay del que no conoce a Cristo”, o bien “Ay del que no acepta a Cristo”. Ahora, este pensamiento de san Pablo es perfectamente contenido en la veneración de María en cuanto Señora de todos los Pueblos.
En el evangelio de san Juan, en que la palabra “mujer” es mencionada dos veces 10, resulta evidentísimo que Cristo asocia a María a su propia misión de salvación. Por tanto espero de todo corazón, queridos hermanos y hermanas, que a partir de hoy, o sea, de la muerte de Ida –que seguirá estando presente entre nosotros, como era su convicción–, florezca una bella devoción, verdaderamente evangélica, a la Señora de todos los Pueblos.
Para eso hace falta que, en primer lugar, empecemos a vivir en un clima de recíproca armonía y de colaboración. Si alguien se equivoca, como verdaderos discípulos de Jesús debemos perdonar, volvernos a levantar y proseguir con nuevas energías por el camino del Evangelio.

Ida era consciente que el día de su muerte era cercano. Ahora está unida a su familia y a sus parientes que siempre ha amado y que siempre la han querido. Es feliz con Dios, con la Virgen y con todos aquellos –y son numerosísimos– que aquí en la tierra han sido sus amigos. Ahora desde allá arriba, intercede por nosotros.

Esta es también la ocasión de dar las gracias a aquellas personas que han tenido una gran importancia en la vida de Ida. No soy capaz de nombrar a todas y la lista sería tan larga que renuncio a decir nombres. Expreso mi profunda estima y mi gratitud a todos aquellos que se han comprometido con ella en la veneración de la Virgen, sosteniendo sus esfuerzos. A todos ustedes hago esta recomendación: ¡Continúen por este camino!

Personalmente deseo sin embargo citar y dar las gracias a una persona, o sea, a la señora Jannie Zaal, que ha estado afectuosamente al lado de Ida, rodeándola de atenciones y cuidados, sobre todo en los últimos días de su vida, cuando necesitaba de gran asistencia.

A todos ustedes expreso mi pésame por la muerte de Ida Peerdeman. Consolémonos y animémonos en la convicción de que Ida ha entrado en la Casa del Padre. El ejemplo de su vida nos sostiene, seguros que un día la volveremos a encontrar allá donde nos ha precedido. Amén.


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