|
Antonio Ideias,
proveniente de Portugal vino para dar un testimonio conmovedor, cómo
él tuvo que aprender, junto con su esposa, que la felicidad externa
no basta en una pareja. El amor de una pareja feliz también conoce
otras dimensiones - También la del dolor.
Fue a fines del verano del 2003, cuando a mi
esposa le diagnosticaron un cáncer agresivo sin posibilidades de
cura. Esta noticia nos llegó como un rayo en nuestras vidas. ¿Cómo
era posible que un amor tan hermoso, el que habíamos vivido durante
18 años, culminara con algo tan terrible como esto? En ese momento
no éramos cristianos practicantes, porque 8 años atrás
nos habíamos retirado de la Iglesia Católica. Simplemente,
queríamos vivir bien siguiendo nuestras conciencias y, también
estábamos convencidos de que realmente lo hacíamos. ¡Al
menos, así lo creíamos!
Todo había empezado de una forma tan hermosa.
Cuando por primera vez nos vimos, yo tenía 15 años y Rosario
18. En la actualidad tengo 34 años. Fue – tal como se dice
– “amor a primera vista” cuando nos sentamos el uno
junto al otro en el cinema. Si bien aquella tarde no nos dijimos nada,
a los dos meses ya éramos amigos. Transcurrirían otros 8
años antes de casarnos, y a decir verdad, en la Iglesia Católica.
A pesar de que en ese tiempo pertenecíamos a una Iglesia Protestante,
nuestras tradiciones familiares y nuestra educación Católica
eran suficientemente fuertes para que recibiéramos esta inmerecida
gracia de Dios. Después de dos años de matrimonio, el cielo
nos hizo otro regalo: nuestra hija Mariana.
Cuando me ofrecieron a ir a Bélgica durante
dos años, para allí trabajar como instructor de pilotos
para los F 16, nos fuimos los tres juntos. Mientras trabajaba, Rosario
cuidaba de nuestra hija pequeña como una madre abnegada. Debido
a que todo giraba en torno a nosotros, estos dos años transcurrieron
casi exclusivamente entre los vuelos y nuestra familia: juegos, viajes,
trabajo. En nuestro tiempo libre, de buen grado visitábamos iglesias,
pero no porque teníamos la intención de crecer en nuestra
fe, sino simplemente por ser aficionados a las bellas artes ya que mi
esposa era artista. Desde luego - como cualquier otro matrimonio en el
mundo - también nosotros teníamos altos y bajos. Sin embargo,
el primer verdadero sufrimiento purificador llegó a nuestras vidas,
solamente cuando Rosario sufrió un aborto y necesitó casi
un año para recuperarse. Este dolor nos unió aún
más profundamente. Pero tengo que decir, en aquel tiempo aún
no habíamos encontrado nuestro camino de retorno a Dios. Solía
decir una única oración antes de ir al trabajo. Con una
rodilla doblada en el umbral de la casa, rápidamente ofrecía
mi día a Dios. Siempre teníamos la Biblia al lado de nuestra
cama y en la noche solíamos leer algunas líneas. Eso era
todo.
Cuando regresamos a Portugal, Rosario trabajó
nuevamente como maestra de arte y yo como piloto. En efecto, pasado un
año, dejé la Fuerza Aérea con la finalidad de trabajar
en una empresa aérea portuguesa y así ganar más dinero
y poder estar más tiempo en casa. Mariana era feliz y construimos
una casa cerca de una bahía. Simplemente, todo marchaba muy bien.
Hasta que en el verano del 2003 repentinamente ¡se declaró
el cáncer!
La primera reacción fue: como hombre fuerte
tener que mantener todo bajo control, ayudando a Mariana, Rosario y a
la familia. Pero la desesperación, tristeza, incomprensión
y la incapacidad de aceptar todo eso, eran un peso enorme para mí
y sobre todo para Rosario que no podía soportar ninguna visita,
porque tenía el sentimiento que todos estaban ahí para despedirse
de ella. En el transcurso de dos semanas, su abdomen se inflamó
de tal manera, que daba la impresión estar en el noveno mes de
embarazo. Luego empezó la quimioterapia. Entonces me acordé
lo que los protestantes nos habían enseñado: ¡Dios
sana! Le llevé algunos libros y casetes al hospital y empezamos
a leer juntos una hermosa historia de la conversión de una pareja
protestante, a pesar de que Rosario sufría dolores agudos y tenía
que tomar dosis tan fuertes de medicamentos que casi perdía el
conocimiento. Gracias a Dios, pude estar con ella casi las 24 horas del
día. Solamente entremedias, corría a casa, visitaba a mi
familia, jugaba con Mariana y le daba el beso de las buenas noches.
Un día vino una mujer, que ayudaba en la capilla del hospital,
a visitar a Rosario. Le dijimos que teníamos el deseo que nos procurara
un sacerdote, también nos trajo buenos libros religiosos católicos.
No transcurrió mucho tiempo hasta que ambos regresamos a nuestra
Iglesia Católica. Pasábamos horas enteras conversando con
ese sacerdote hasta el punto, de recibir diariamente la sagrada comunión
con un gran sentido de agradecimiento. Apenas su condición lo permitió,
llevaba a Rosario a la santa Misa. E hicimos algo más: nos pedimos
mutuamente perdón. Le pedí perdón a Rosario y ella
me pidió perdón por todas las faltas de amor verdadero,
que recién en ese momento pudimos reconocer en relación
con “nuestra buena vida” que con derecho habíamos creído
tener. Las puertas estaban abiertas para nosotros, para empezar una verdadera
vida en Jesús. Había empezado el gran milagro: LA FE.
Con frecuencia Rosario repetía: “Tenía todo para ser
feliz, y no lo era. Ahora que tengo todo para ser infeliz, soy feliz”.
¡Ahora éramos nosotros dos los que teníamos la capacidad
para dar fuerza y paz a los demás! Y Rosario no solamente soportó
todo con resignación, sino que ofreció todos los dolores
externos y los terribles efectos físicos de la quimioterapia en
unión con Jesús. ¡No, eso no era suficiente! Sino
que llena de confianza, fue capaz de ponerme a mí, a Mariana, a
nuestra familia y todos los bellos planes que teníamos para el
futuro completamente en Dios.
Y lo absolutamente inesperado ocurrió: contra toda expectativa
de los doctores, el cáncer paró de crecer y lentamente empezó
a desaparecer, de esta manera, al cabo de un mes y medio, el diagnóstico
de Rosario fue que estaba completamente curada y la dieron de alta. Entonces,
ella regresó a nuestro hogar y yo me reincorporé al trabajo.
Los siguientes siete meses fueron los más hermosos de los 18 años
en que estuvimos juntos: misa diaria, “Horarum Liturgia”,
(Liturgia de las Horas) el rosario, la hora de la divina misericordia,
juntos adorábamos al Santísimo en silencio, grupo de oración,
la vida familiar con las ocupaciones de casa y mi trabajo como piloto.
Fueron siete meses de la vida de aquella familia Católica, gracia
que mi esposa había recibido como respuesta a sus oraciones.
Sin embargo, un buen medio año más
tarde, de un momento a otro, Rosario sintió un acceso de dolor.
Nuevamente era el cáncer, y tan agresivo como el anterior. ¡Esto
no fue nada fácil para nosotros! Pero esta vez sabíamos
que estábamos por completo en las manos de Dios y no teníamos
miedo. Fue a principios de Abril del 2004, durante la Cuaresma, y puedo
decir que: ahora estábamos concientes que íbamos con Jesús
camino al Gólgota, al mismo tiempo, podíamos sentir la magnitud
de Dios y también su amor purificador. Esta vez no hubo restricciones
para las visitas. Antes bien todos experimentaban la paz que ambos teníamos
en la habitación. Terminados los 40 días de Cuaresma, vino
el 6 de Mayo – exactamente hoy un año atrás –
y yo comprendí que Rosario no pasaría con vida la noche.
Dos sacerdotes nos acompañaron durante la noche. Luego, estando
a solas, mi esposa falleció. Sencillamente, respiró por
última vez y no me es posible describir la paz con la cual ella
partió - con María, para ver cara a cara a nuestro amado
Señor.
Permítanme que en pocas palabras
ahora también les cuente, cómo María, la Madre, llegó
a nuestras vidas:
Durante los muchos años que Rosario y yo estuvimos distanciados
de la Iglesia Católica, la Virgen María me era totalmente
extraña, sencillamente ella era una mujer normal como cualquier
otra. ¡El tan sólo decir esto aquí, me hace sufrir!
En aquel tiempo, cuando empezó la enfermedad de mi esposa, un amigo
me regaló un rosario y en mi desesperación empecé
a rezarlo: una y otra vez, día y noche. Y yo sentía tan
presente a la Madre, de una manera muy suave y discreta. Y así
ha permanecido hasta el día de hoy: todos los días yo rezo
el rosario, a veces inclusive varios al día y la Madre está
ahí, delicada y discreta. Siento su cercanía, la que me
protege, me conduce y constantemente me llama a la conversión.
Mi relación con ella creció en forma silenciosa, en aquel
tiempo, al estar nosotros en el hospital, cuando empezamos a leer sobre
ella y sobre todo al rezar.
Luego, en Febrero del 2004, cuando mi esposa nuevamente estuvo en casa
tras su curación extraordinaria, en un viaje que hice al extranjero,
conocí a la Señora de todos los Pueblos en la Iglesia de
San Agustín en Barcelona. La primera impresión que tuve
de todo esto fue muy peculiar, porque nunca antes había visto una
imagen semejante: ¡María tan joven, los cabellos rizados,
“que un día era María” y Amsterdam! Pero como
yo ya había aprendido que con frecuencia nosotros mismos solemos
ser nuestro propio obstáculo en nuestra vida espiritual, le di
a todo esto una oportunidad. Más aún, rezaba la oración
y guardé la estampa con la oración en mi diario de navegación,
donde registraba mis vuelos diarios. Desde ese momento, la Madre de todos
los Pueblos estaba siempre conmigo y verdaderamente sentía que
ella me empujaba hacia la fe.
6 Meses después de Barcelona, al mismo tiempo exactamente tres
meses tras la muerte de mi esposa, finalmente vine acá a Amsterdam,
el 6 de agosto del año pasado, yo visité la capilla de las
gracias y permanecí largo tiempo en oración.
Sí, la oración ha surtido efecto sobre todo y aún
sigue surtiendo de forma tal, que desde la muerte de Rosario, en realidad
no sufro por falta de amor. Me parece que este es un regalo que me viene
de la adoración en silencio al Santísimo. Simplemente, yo
permanezco con ÉL, lo amo a ÉL, y Él me ama; al mismo
tiempo me siento lleno del mismo amor con el que yo siempre amé
a mi esposa. Cuando con frecuencia yo no siento Su amor ardiente en mi
corazón, entonces el Señor se lleva este sentimiento sólo
para que yo crezca espiritualmente. Y me pregunto ¿No es esto también
amor?
Estoy seguro que también les interesará saber cómo
le va a mi hija Mariana. Ciertamente que para la niña todo cambió
desde la muerte de su madre. Desde el principio, permití que ella
participara en todo y le expliqué todo desde la perspectiva cristiana.
Ella vio el cuerpo de su madre difunta y estuvo en el funeral. Mariana,
naturalmente, echa de menos a su madre pero es una niña alegre,
llena de temperamento. Una vez, viendo fuegos artificiales con su tía,
ella dijo: “Quiero ver un fuego artificial en forma de corazón.
¡Se lo pediré a mi mamá!”. Efectivamente, la
siguiente bala luminosa explotó en forma de corazón. Mariana
saltó de gozo.
Desde el principio era conciente de que: lo mejor que puedo dar a mi hija,
es mi presencia, que ella tiene a su padre cerca de sí. Pero como
piloto, con mucha frecuencia tengo que viajar. De esta manera acepté
la proposición de ser el director de un centro dedicado a la recuperación
de drogadictos. Al mismo tiempo reconocí en esto como un llamado
de Jesús y de María para dedicarme más a los que
sufren. Ya durante la primera estadía de Rosario en el hospital,
me ofrecí a Dios por completo y sin reservas. Luego de su curación,
considerábamos la idea que debería de hacerme diácono
permanente. Inclusive, asistimos juntos a un curso de teología.
Tras la muerte de Rosario, en mi corazón creció el deseo
de ser sacerdote. ¡Dios sabe qué es lo mejor!
Yo rezo y también os pido a vosotros recéis por Mariana
y por mi, para que no seamos ningún un obstáculo a la gracia
de Dios. También estoy completamente seguro que alguien me ayudará,
es la Madre de Dios, cuya cercanía la puedo sentir con suavidad
y dulzura, a pesar de ser tan poderosa. Sin embargo, ella es tan sencilla
y le pido:
“¡Sé tú mi luz y mi guía, madre querida!”.
¡Sí, Jesús vive a yo ansío que Él viva
en mí!
|